Futuro ahora

¿Es la nueva coyuntura global capaz de movilizarnos lo suficiente como para instalar otras economías de vida?

Bienes comunes y colaboración en tiempos de crisis

 

¨Se acabó la era del yo, estamos en la era del nosotros¨. Esta frase circuló durante el primer Encuentro Comunes, allá por 2016 (cuando todavía no decíamos nosotres). En ese momento era más que nada una expresión de deseo. Hoy es una realidad ineludible porque la tierra enfrenta una crisis sin precedentes: la pandemia obliga a guardar cuarentena a cientos de millones de personas. Estos acontecimientos nos presentan nuevos escenarios, nos acercan el futuro ahora.

Pero, ¿es la nueva coyuntura global capaz de movilizarnos lo suficiente como para instalar otras economías de vida?

Hay quienes creen que  que esta nueva crisis nos vuelve más individualistas y aislades bajo las fronteras de la soberanía. Y aunque las pandemias no son nuevas, es cierto que esta coyuntura nos enfrenta a nuevas disputas por el bienestar social. Otres plantean que es una oportunidad para trazar reflexiones poscapitalistas. 

Para nosotres es la hora de innovar en economía, de pasar de las prácticas a las políticas. Es tiempo de rescatar las redes, cruces y relaciones que nos han caracterizado durante tanto tiempo en América Latina. Es la hora de los comunes.


Debates que se vienen

Ante una economía neoliberal dominante que no demuestra capacidad de respuesta para resolver la inminente recesión y caída del empleo, personas del mundo académico, del mundo de la ciencia y de la gestión pública comienzan lentamente a salir del sopor. Se reconocen alternativas que asoman tímidamente para dar respuesta a esta crisis y a las preguntas que despierta: gobiernos de todo el mundo comienzan a desempolvar medidas de corte keynesiano, fomentando la redistribución de recursos y el diferimiento de impuestos, tarifas y préstamos. 

Las medidas macroeconómicas que se tomen durante los próximos meses seguramente reconfigurarán el capitalismo hasta ahora conocido. El papel del Estado como árbitro de la economía se reforzará. La pandemia también revitalizará la búsqueda de autonomía y control sobre ciertos servicios básicos en salud, provisión de medicamentos y equipamiento médico, alimentos de primera necesidad e investigación en ciencia y tecnología.

En simultáneo, el mundo de la cultura colaborativa florece (y reflorece) a la luz de esta crisis. Pero ¿qué papel pueden tener los comunes en la nueva economía política que se avecina?

Los comunes colaborativos iban a cambiar el mundo hace unas décadas. Desde el software libre al consumo colaborativo, la colaboración abierta sobre bienes y servicios iba a transformar la economía y democratizar la producción. Y de hecho, en buena medida lo hizo: la mayoría de los servidores de las grandes empresas utilizan el sistema operativo Linux; Wikipedia sigue aumentando su relevancia como sitio web de referencia para la consulta de información y las grandes empresas tecnológicas como Google utilizan abiertamente sus servicios. Las iniciativas de ciencia ciudadana siguen creciendo en relevancia y utilidad para la producción científica y algunas de las más nuevas, como iNaturalist, se acercan al millón de colaboraciones. Pero a medida que las personas y la cultura colaborativa crecían en resultados, el espíritu de la colaboración abierta y la democratización de la producción se fueron diluyendo bajo el marketing de las empresas que conforman la llamada economía de plataformas.

Las empresas de plataforma, también llamadas gig economy, como Uber, transforman el sueño en pesadilla: la colaboración en competencia, la creatividad y el superávit cognitivo en individualismo y emprendedurismo banal. La economía capitalista del conocimiento no sólo invisibiliza los bienes comunes sino que a medida que sus empresas escalan, se convierten efectivamente en industrias extractivas de datos y micromarketing, reforzando prácticas y gustos impuestos. La gig economy es capaz de capturar y anular la riqueza del mundo colaborativo porque aprovecha sus puntos más débiles: la falta de infraestructura digital pública y abierta, la degradación de las regulaciones que protegen a les trabajadores y a la producción de bienes, y la inercia de las instituciones estatales más dispuestas a colaborar con empresas que con las propias comunidades.

Pero no todo está perdido: la cultura colaborativa vive hoy su momento de reivindicación. Empujades por la emergencia, miles de hackers, makers e investigadores diseñan y producen soluciones colectivas: aplicaciones para compartir información, consultorios de dudas científicas, fabricación casera de barbijos y máscaras de protección, respiradores artificiales y otros insumos de código abierto. La ciencia abierta también gana terreno, posicionando como nunca las oportunidades que el conocimiento libre puede brindar, incluso más allá de la crisis. Por otra parte, la economía social, la solidaria, la economía popular y el cooperativismo protagonizan no solamente la atención de la emergencia sino también el debate por alternativas pos pandemia. Ante escenarios de alta incertidumbre, es una buena noticia que el bien común ocupe de nuevo el centro de la escena.

 

Política para el caos 

En todo el mundo millones de personas impulsan experiencias de cambio social. Activistas de la colaboración promueven herramientas, prácticas y formas de trabajo que atienden una diversidad de objetivos e intereses. Y aunque por mucho tiempo fueron el lado B de la realidad – experiencias no siempre conectadas o visibles de diversa escala- la actual coyuntura pone en evidencia que más colaboración es necesaria. Estamos ante una oportunidad única para plantear escenarios novedosos y superadores, pero ¿por dónde comenzar?

Además de promover las comunidades de práctica -nuevas y no tan nuevas- que trabajan en todo el mundo, necesitamos pasar de las prácticas a las políticas. La colaboración necesita salir a hacer política para transformar las infraestructuras y normas generales que la limitan.

En un momento en el que el mundo se apresta a debatir nuevos paradigmas económicos, la cultura colaborativa necesita reforzar sus propias organizaciones para traducir las prácticas que están transformando al mundo en una visión de cambio estructural. Porque para construir una infraestructura común y pública necesitaremos tecnologías y redes, normativas y organismos de control, mecanismos de promoción y financiamiento, espacios de formación e investigación y toda un universo de instituciones que requieren interactuar con el Estado y otras instituciones. 

Necesitamos organizaciones si queremos cambiar la concentración económica para que podamos decidir a qué precio, en qué cantidad y de qué calidad será la comida que vamos a comer estos días y siempre, si queremos visibilizar y valorar las tareas de cuidado y reproducción de la vida si queremos ciencia, salud y tecnologías que promuevan un conocimiento abierto pensado para mejorar nuestras vidas y las del resto del planeta, si queremos más bienes comunes gestionados por y para lo público, si queremos que la cultura colaborativa no sea la excepción sino la regla. 

Además, y sobre todo, necesitamos nuevas narrativas. Necesitamos una épica del común.  

Necesitamos salir de los nichos, del círculo de convencidos. Porque aunque millones de personas en todo el mundo trabajan en proyectos que efectivamente construyen otras realidades y posibilidades, todavía no se visualiza a los comunes como una alternativa real. Para eso necesitamos un relato que invite, que seduzca y que nos permita naturalizar la colaboración como una dinámica cotidiana; sin ingenuidad, con convicción, con innovación y con pasión.

Futuro común, futuro abierto, futuro para todes: éstas son las claves Comunes para pensar, construir y articular nuevos espacios de incidencia. Porque la salida es colectiva, o no es. 

Por más comunes: Futuro ahora.